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El loro del hotel Miramar
Rosa trabajaba en la recepción del hotel Miramar, un hotel pequeño y antiguo frente al mar, en Puerto Vallarta. Le gustaba mucho su trabajo porque conocía a gente de todo el mundo. Pero una semana de julio empezaron a pasar cosas raras.
El lunes, un señor de Canadá bajó a la recepción muy enojado porque no encontraba las llaves de su coche. El martes, una mujer no encontró sus lentes de sol al salir de la piscina. Y el miércoles, una niña pasó toda la mañana buscando su anillo de plástico.
Don Ernesto, el dueño del hotel, estaba muy preocupado.
—Rosa, esto le hace mucho daño al hotel —le dijo—. Los clientes ya dicen que hay un ladrón.
El jueves, Rosa decidió investigar. Se sentó en un rincón del jardín, cerca de la piscina, con un libro en las manos. Pero en realidad no leía: observaba a la gente. Pasaron dos horas y no vio nada raro. Solo había turistas que tomaban el sol y un camarero que llevaba bebidas.
Estaba a punto de volver a la recepción cuando escuchó una voz muy conocida: «¡Hola, guapo! ¡Hola, guapo!». Rosa levantó la vista y vio algo verde en una palmera. Era Paco, el loro de doña Lupita, la cocinera. Paco vivía en la cocina y todos lo conocían, porque saludaba a todo el mundo con esas mismas palabras.
En una mesa, al lado de la piscina, había unas llaves. Su dueño estaba nadando y no miraba. Entonces el loro bajó de la palmera, tomó las llaves con el pico y voló hacia el techo de la cocina.
Rosa buscó una escalera y subió al techo. Detrás de una antena encontró una especie de nido, lleno de cosas brillantes: varias llaves, los lentes de sol, el anillo de plástico, unas monedas y hasta una cuchara de plata del restaurante.
Esa tarde, Rosa les devolvió todo a sus dueños. El señor de Canadá se rió mucho cuando escuchó la historia.
—¡Así que el ladrón era un loro! —dijo—. Nunca he visto algo así.
Doña Lupita se puso muy roja y les pidió perdón a todos. Les explicó que a Paco le encantaban las cosas que brillaban, y que muchas veces salía por la ventana de la cocina sin permiso.
Don Ernesto pensó un rato y al final tuvo una idea. Esa misma noche, puso la jaula de Paco en la recepción, al lado de Rosa, donde todos podían verlo. A partir de entonces, el loro saludaba a cada cliente con su «¡Hola, guapo!», y en el hotel no desapareció nada más. Además, muchos turistas venían solo para tomarse una foto con el famoso loro ladrón.








