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Natación para adultos

História em espanhol · nível básico (A2) · ~853 palavras

Martín, um livreiro com medo da água, entra em uma aula de natação para adultos e conhece Valeria, uma professora muito paciente.

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Natación para adultos

Martín tenía treinta y dos años y trabajaba en una librería del centro. Le gustaban los libros, el café y las tardes tranquilas. Pero tenía un secreto: no sabía nadar. De niño, tuvo un susto muy grande en el mar, y desde ese día le tenía miedo al agua.

Una tarde de invierno, su sobrino Tomi lo llamó por teléfono. Tomi tenía siete años y estaba muy emocionado. —¡Tío, en verano vamos a ir todos a la playa! —dijo—. Quiero nadar contigo en el mar. Martín no supo qué decir.

Al día siguiente, fue a la piscina del barrio y se inscribió en las clases de natación para adultos. Las clases eran los martes y los jueves, a las ocho de la noche.

El primer martes llegó muy nervioso. En el grupo había cuatro alumnos más: una pareja joven, un señor muy serio y doña Pilar, una señora de setenta años con un gorro de flores. La profesora se llamaba Valeria. Tenía el pelo corto, los ojos verdes y una sonrisa enorme.

—Bienvenidos —dijo Valeria—. Hoy solo vamos a entrar al agua y caminar un poco. Todos bajaron por la escalera, menos Martín. Él se quedó sentado en el borde, con los pies en el agua fría.

Valeria se acercó y se sentó a su lado. —¿Tienes miedo? —le preguntó en voz baja. —Un poco —dijo Martín, y se puso rojo—. Bueno, mucho. —Está bien. El miedo no es un problema. Hoy no tienes que hacer nada difícil. Solo bajar un escalón.

Martín bajó un escalón. Después bajó otro. Al final de la clase, estaba en el agua hasta el pecho, y no pasó nada malo. Cuando salió, Valeria le dio la mano. —Muy bien, Martín. Nos vemos el jueves.

Durante las semanas siguientes, Martín no faltó a ninguna clase. Aprendió a flotar, a respirar debajo del agua y a mover las piernas. Muchas veces tragaba agua y tosía, y doña Pilar se reía. —Tranquilo, muchacho —le decía—. Yo tampoco sé nadar, y tengo setenta años.

Pero a Martín no solo le interesaba la natación. Cada martes y cada jueves, esperaba las ocho de la noche con más ganas. Le gustaban la voz de Valeria, su paciencia y la forma en que se reía de sus chistes malos.

Una noche, después de la clase, doña Pilar se acercó a Martín en la puerta. —Esa chica te mira mucho —le dijo en voz baja—. ¿Por qué no la invitas a tomar un café? —Porque es mi profesora —respondió Martín—. Y seguro que tiene novio.

Pero Martín pensó en eso toda la semana. El jueves, al final de la clase, tomó aire y se acercó a Valeria. —¿Quieres tomar un café conmigo algún día? —le preguntó muy rápido. Valeria lo miró con sorpresa. Después sonrió, pero no dijo que sí.

—Me gusta la idea —dijo—. Pero no salgo con mis alumnos. Es una regla de la piscina, y también es mi regla. —Entiendo —dijo Martín. Esa noche volvió a su casa en silencio, y no pudo leer ni una página.

El sábado siguiente, Valeria entró en la librería. Martín, sorprendido, dejó caer los libros que tenía en las manos. —No sabía que trabajabas aquí —dijo ella, y se rio—. Busco un regalo para mi papá. Le gustan las novelas de aventuras.

Martín le mostró varias novelas y le contó la historia de cada una. Hablaron de libros, de viajes y del mar durante casi una hora. Al final, Valeria compró dos libros: uno para su papá y otro para ella. —Sabes mucho de libros —dijo. —Y tú sabes mucho de agua —contestó él. Los dos se rieron.

Desde ese día, Martín practicó más que nunca. Ahora tenía una meta clara. En la última clase del curso, cada alumno tenía que nadar veinticinco metros, de un lado al otro de la piscina, sin ayuda.

Por fin llegó el último jueves. Martín esperaba en el agua, junto a la pared, y el corazón le latía muy rápido. Doña Pilar nadó primero, muy despacio, y todos aplaudieron. Después nadaron la pareja y el señor serio. Al final, Valeria miró a Martín. —Te toca —dijo.

Martín tomó aire y empezó a nadar. Movía los brazos y las piernas como en las clases. A mitad de camino, tragó un poco de agua, pero no paró. Desde el borde, doña Pilar gritaba: «¡Vamos, muchacho!». Martín siguió y siguió, y de pronto su mano tocó la pared del otro lado.

Todos gritaron y aplaudieron. Martín salió del agua, cansado y feliz. Valeria le dio una toalla y un diploma pequeño con su nombre. —Felicidades, Martín. Ya sabes nadar. Y ya no eres mi alumno.

Martín la miró sin entender. Después, entendió. —Entonces… ¿quieres tomar ese café conmigo? —Sí —dijo Valeria, y se rio—. Pero con una condición: el café es en la playa.

Ese verano, toda la familia fue al mar. Tomi corrió hacia el agua y gritó: —¡Tío, ven! Martín entró en el mar sin miedo y nadó con su sobrino entre las olas. Valeria nadaba a su lado, y en la arena, doña Pilar los saludaba con las dos manos.

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medo repentino e forte · substantivo
se inscribió inscribirse
inscrever-se, matricular-se · verbo
gorro
touca · substantivo
borde
beira, margem da piscina · substantivo
escalón
degrau · substantivo
flotar
boiar · verbo
tragaba tragar
engolir · verbo
muchacho
rapaz, rapaz jovem · substantivo
meta
objetivo · substantivo
latía latir
batia (o coração) · verbo

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