🔊 Listen · sign up for free
👆 Tap any word to see what it means
El cuadro de la sala tres
El lunes a las nueve de la mañana, cuando Clara Benítez entró en el pequeño museo de San Telmo donde trabajaba como restauradora, se encontró al director, el señor Ferrari, gritando en medio del pasillo. —¡No está! ¡Se lo llevaron!
En la sala tres, donde durante cuarenta años había estado colgado «La mujer del balcón», el cuadro más valioso de la colección, solo quedaban un clavo y un rectángulo más claro en la pared.
No había ninguna ventana rota ni ninguna cerradura forzada. La alarma no había sonado. Ferrari no tardó ni cinco minutos en sacar sus conclusiones. —Las únicas llaves las tenemos Ramiro y yo —dijo—. Y Ramiro hoy no vino a trabajar. Qué casualidad, ¿no?
Ramiro era el guardia del museo desde hacía casi veinte años. Era un hombre callado y algo torpe, que se sabía de memoria la historia de cada cuadro y que les hablaba a los visitantes como si fueran viejos amigos. Clara no se lo imaginaba robando ni un lápiz.
—Antes de llamar a la policía, déjame mirar un poco —le pidió.
Ferrari resopló, pero aceptó. Clara recorrió la sala despacio. Había llovido muchísimo durante el fin de semana, y algo le llamó la atención enseguida: el piso de madera, justo debajo del clavo, estaba hinchado y tenía una mancha oscura. Levantó la vista. En el techo, una grieta fina dejaba caer una gota cada pocos segundos.
—Si alguien hubiera querido robar el cuadro —dijo, pensando en voz alta—, no habría elegido una noche de tormenta para cargar un óleo de dos metros por la calle. Habría terminado empapado.
—¿Y entonces?
—Entonces quizá nadie lo robó. Quizá alguien lo salvó.
Clara bajó al sótano, donde se guardaban las obras que no estaban expuestas. Revisó estantes y cajas sin encontrar nada, hasta que, en el rincón más alejado, vio un bulto apoyado contra la pared, envuelto en una manta de lana y en un abrigo azul oscuro que conocía muy bien: era el abrigo de Ramiro.
Debajo estaba «La mujer del balcón», intacta, salvo por una pequeña mancha de agua en una esquina del marco.
Una hora más tarde, Ramiro respondió por fin al teléfono, con la voz ronca por un resfriado. Contó que el domingo por la noche había pasado por el museo para revisar todo y que había encontrado el agua cayendo a pocos centímetros del cuadro. Lo había bajado él solo, mojado hasta los huesos, y lo había tapado con lo primero que encontró. Al llegar a su casa, con fiebre, se había metido en la cama sin acordarse de avisar a nadie.
—Pensé en dejarle una nota al director —dijo, avergonzado—, pero se me pasó. Lo siento muchísimo.
Ferrari escuchó la historia en silencio, con la cara cada vez más roja. Esa misma tarde fue en persona a casa de Ramiro con una bolsa de naranjas y una disculpa que, según Clara, le costó más que todo el presupuesto del año.
Dos semanas después arreglaron el techo de la sala tres. Y cuando «La mujer del balcón» volvió a su lugar, alguien había colgado a su lado una pequeña placa nueva: «Salvado por Ramiro Ojeda, guardia de este museo, una noche de tormenta».







