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La turista que sabía demasiado
Lucas acababa de conseguir su primer trabajo como guía turístico en Villa Colonial, un pueblo antiguo de calles de piedra, y estaba nerviosísimo. Durante tres semanas había estudiado un libro grueso sobre la historia del pueblo, pero nunca había hablado delante de un grupo de veinte personas.
—No te pongas nervioso —le dijo Marcela, la coordinadora de la agencia, antes de salir—. Habla despacio, sonríe y, si no sabes algo, di que lo vas a averiguar. Y por favor, no pierdas a nadie.
El recorrido empezó en la plaza principal, frente a la torre del reloj. Lucas respiró hondo y comenzó:
—Esta torre tiene más de doscientos años, y su reloj nunca se ha detenido.
—Se detuvo una vez —dijo una voz desde atrás—, durante la gran tormenta de 1910. Estuvo parado tres días.
Era una señora bajita, de pelo blanco y sombrero de paja, que lo miraba con una sonrisa amable. Los turistas se rieron, y Lucas se puso rojo.
En la casa de los balcones azules pasó lo mismo.
—Aquí vivió el pintor Andrés Molina —explicó Lucas.
—Aquí nació —lo corrigió la señora—. Vivió en la casa de enfrente, la amarilla.
Y en la fuente del mercado, ella contó una leyenda que Lucas no conocía, y todo el grupo la escuchó con la boca abierta. Lucas sentía que estaba perdiendo el control de su propio recorrido. En el descanso, se acercó a ella con su mejor sonrisa.
—Señora, usted sabe muchísimo. ¿Es historiadora?
—Algo así —dijo ella—. Pero no te preocupes por mí. Lo estás haciendo muy bien.
Cuando volvieron a reunirse, Lucas contó a los turistas: diecinueve. Faltaba uno, el señor Gómez, que había hablado de comida toda la mañana. A Lucas se le fue el alma a los pies. Entonces recordó algo: una hora antes, el señor Gómez le había preguntado dónde vendían el famoso pan de yuca del pueblo.
—¡Un minuto, por favor! —le dijo al grupo, y corrió hasta la panadería de la esquina.
Allí estaba el señor Gómez, feliz, con una bolsa enorme en la mano.
—¡Te compré uno a ti también! —dijo, con la boca llena.
Al final del recorrido, todo el grupo aplaudió. Cuando los demás se fueron, la señora del sombrero se acercó a Lucas.
—Me llamo Elvira Sánchez —dijo, y le dio la mano—. Escribí el libro que estudiaste. Lo vi en tu mochila.
Lucas no sabía dónde meterse.
—No te sientas mal —dijo ella, riéndose—. Mi libro tiene trescientas páginas y nadie las recuerda todas. Pero encontraste al señor Gómez en cinco minutos, y eso no lo enseña ningún libro.
Después le contó que estaba preparando una edición nueva y que necesitaba ayuda con los lugares de ahora: los cafés, los mercados, las panaderías.
—¿Te gustaría trabajar conmigo los fines de semana? Quiero que este libro también hable del pan de yuca.
Lucas aceptó enseguida. Unos meses después, en la nueva edición, había una página entera sobre la panadería de la esquina, con una nota al final: «Recomendada por Lucas, el guía que nunca pierde a nadie… por más de cinco minutos».








