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El dragón del horno
La panadería de Martín era la más famosa de Valle Hondo. La gente hacía fila desde las seis de la mañana para comprar su pan, que siempre salía dorado, crujiente y perfecto. Nadie conocía el secreto, pero Martín sí: dentro del viejo horno de piedra vivía un dragón del tamaño de un gato.
Se llamaba Brasa y había llegado a la panadería muchos años antes, cuando todavía la tenía el abuelo de Martín. Era rojo, un poco gordo y bastante perezoso, pero cada mañana, a cambio de un pan con miel, calentaba el horno con su fuego mágico.
Un día entró en la panadería un vendedor de máquinas.
—Señor, ese horno es viejísimo —le dijo—. Con un horno eléctrico podrá hacer el doble de pan y gastará la mitad. Si lo compra hoy, le haré un buen descuento.
Martín lo pensó toda la noche. Brasa era su amigo, pero también se quedaba dormido muchas veces y entonces el pan salía tarde. Además, los clientes pedían cada día más. Al final, decidió comprarlo. Cuando llegó el horno nuevo, Martín se acercó al de piedra.
—Tranquilo, Brasa —le dijo—. Podrás seguir viviendo aquí. A partir de ahora vas a descansar todo el día.
Pero a la mañana siguiente, el horno de piedra estaba frío y vacío. Brasa se había ido.
El pan del horno eléctrico salía rápido, pero no era igual. Era pálido, blando y no tenía ese olor que antes llenaba toda la calle. En una semana, la fila de las seis de la mañana desapareció.
—¿Qué le pasa a su pan, Martín? —le preguntó doña Carmen, su clienta más fiel—. Está muy raro.
Martín buscó a Brasa por todas partes, hasta en el bosque detrás del pueblo. Nada. Una noche, cuando volvía a casa, vio algo extraño: de la chimenea de doña Carmen salía un humo rojo con pequeñas chispas de colores.
Tocó la puerta, y doña Carmen abrió con cara de culpa.
—Ya sé por qué viene —dijo—. Apareció hace una semana en mi chimenea, tristísimo y muerto de frío. No podía dejarlo afuera. Y cuando probé su pan de esta semana, entendí de quién era.
En la chimenea, Brasa dormía hecho una bola. Martín se sentó a su lado.
—Perdóname, amigo. Creí que el horno nuevo era mejor, pero me equivoqué. Una máquina hace pan, pero no hace magia. Si vuelves, te prometo que nunca más cambiaré nada sin preguntarte.
Brasa abrió un ojo, miró a Martín y después miró a doña Carmen, que le había dado leche caliente toda la semana.
—Usted podría traerlo a visitarme los domingos —dijo ella—. Me encantaría.
El dragón soltó una pequeña nube de humo, y Martín lo entendió como un sí.
Al día siguiente, el horno eléctrico volvió a la tienda del vendedor, y el olor a pan caliente volvió a llenar la calle. La fila de las seis apareció otra vez, más larga que nunca. Y desde entonces, todos los domingos, Martín llevaba a Brasa a tomar la merienda a la casa de doña Carmen, que siempre le preparaba un pan con doble miel.








