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Las flores del martes
Durante tres meses, cada martes por la mañana aparecía un ramo de flores en la entrada del edificio donde vivía doña Marta, en Guadalajara. Las flores estaban siempre frescas, envueltas en papel de periódico y atadas con un hilo rojo. Nadie sabía quién las dejaba.
Doña Marta era la administradora del edificio desde hacía quince años, y no le gustaban los misterios. Conocía a todos los vecinos, sabía a qué hora salían y quién recibía demasiados paquetes. Por eso, aquel ramo le molestaba más de lo que quería admitir.
—Seguro que es un enamorado —dijo su sobrino Iván, que estaba pasando el verano con ella—. Alguna vecina tiene un admirador secreto.
—¿Y por qué no deja las flores en su puerta? —respondió ella—. No, aquí hay algo más.
Primero sospecharon de la señora Gómez, del segundo piso, porque tenía muchas plantas. Pero la señora Gómez juró que solo cultivaba cactus y que las flores le daban alergia. Después pensaron en el cartero, que siempre llegaba temprano y silbando. Sin embargo, los martes el cartero no pasaba por esa calle.
Un lunes, Iván tuvo una idea.
—Esta noche nos quedamos despiertos —propuso—. Dejo mi celular en la ventana para que grabe la entrada. Cuando aparezca alguien, lo vemos.
Esa noche prepararon café y se sentaron en la sala, junto a la ventana que daba a la calle. A las dos de la mañana, Iván ya roncaba en el sillón. A las cuatro, doña Marta también se quedó dormida. Cuando despertaron, el sol entraba por la ventana y, abajo, en la entrada, había un ramo nuevo.
—¡No puede ser! —gritó Iván, y corrió a revisar el video.
El celular había grabado toda la noche, pero nadie se había acercado al edificio. A las cinco y diez, sin embargo, algo bajó del cielo: el ramo, colgado de un hilo rojo, descendió despacio hasta el escalón, y después el hilo volvió a subir, vacío.
Doña Marta miró hacia arriba. En el cuarto piso, en el balcón de don Ramiro, había tantas macetas que casi no se veía la baranda.
Subieron juntos y tocaron el timbre. Don Ramiro, un señor jubilado que casi nunca hablaba con nadie, abrió en pijama y se puso rojo al verlos.
—Ya sé por qué vienen —dijo en voz baja—. Mi balcón da más flores de las que puedo usar, y la entrada del edificio está tan gris... No quería molestar. Es que me da vergüenza bajar y que me vean.
Doña Marta se quedó callada un momento. Luego sonrió.
—No nos molesta para nada, don Ramiro. Pero es mejor que la próxima vez baje por la escalera. Con ese hilo, algún día le va a caer un ramo en la cabeza a la señora Gómez, y es alérgica.
Desde aquel martes, la entrada cambió. Don Ramiro empezó a bajar con sus flores y, poco a poco, los vecinos se acercaron a ayudarlo. Al final del verano, el edificio tenía un pequeño jardín en la puerta, y la señora Gómez puso allí sus cactus, en un rincón, bien lejos de las flores.








