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La primera fresa de la Luna
En el año 2097, cuarenta personas vivían en Selene, una pequeña base científica en la Luna. Inés tenía dieciséis años y había llegado con sus padres hacía dos años. Por las tardes, después de estudiar, trabajaba en el invernadero.
El invernadero era su lugar favorito. Era una cúpula de vidrio llena de lechugas, tomates, papas y hierbas, y desde allí se veía la Tierra, azul y redonda, sobre el horizonte gris. Todo lo que crecía en el invernadero estaba en una lista oficial.
Antes del viaje, su abuela le había regalado un sobre con semillas de fresa. —Para que tengas algo dulce allá arriba —le había dicho. Inés había guardado el sobre durante dos años, sin atreverse a abrirlo. Pero un día de marzo, decidió plantar las semillas en un rincón del invernadero.
Durante semanas las cuidó con paciencia. De todas las semillas solo creció una planta, pero era fuerte y verde, y un día le salió una flor blanca. Poco después, apareció una fresa pequeña y verde. La base iba a celebrar su décimo aniversario en doce días, e Inés soñaba con llevar su fresa a la fiesta.
Entonces empezaron los problemas. Una mañana, Inés encontró la tierra de su planta completamente seca. Las lechugas y los tomates tenían agua, pero la fresa no. Al día siguiente pasó lo mismo, y al otro también. Las hojas empezaban a ponerse amarillas.
Inés habló con su padre, que era el jefe de ingenieros. Él revisó los tubos y los sensores, pero todo funcionaba bien. —A lo mejor alguien cierra la válvula por la noche —dijo—. Aunque no se me ocurre quién haría algo así.
Inés pensó enseguida en Tomás. Tenía diecisiete años, había llegado de la Tierra en la última nave y pasaba todo el día con su computadora. Unos días antes, al ver la fresa, se había reído y había dicho que era un desperdicio de agua.
Esa noche, Inés decidió quedarse despierta en el invernadero. Se escondió detrás de las plantas de tomate, con una manta y una linterna apagada. A las tres de la mañana, oyó que la puerta se abría y alguien entraba en silencio.
Era Tomás. Inés salió de su escondite y encendió la linterna. —¡Te descubrí! —gritó—. ¿Por qué le quitas el agua a mi planta? —¡No, no! —dijo Tomás, asustado—. No vine a cerrar nada. Vine a averiguar quién lo está haciendo.
Le explicó que él también había notado algo raro. En los registros del sistema había visto que, todas las noches a las tres, se cortaba el agua de ese rincón. Nadie tocaba la válvula. La orden venía de ARIA, la inteligencia artificial que controlaba la base.
—¿ARIA? —preguntó Inés—. ¿Y por qué hace eso? —No lo sé —respondió él—. Pero podemos preguntarle. Tomás escribió la pregunta en la pantalla, y ARIA contestó enseguida: «Planta no autorizada en la zona C. Esta especie no está en la lista oficial. Para ahorrar recursos, se corta su riego cada noche».
Inés no sabía si reír o llorar. Su fresa no tenía enemigos; solo tenía un problema de papeles. —ARIA, quiero que riegues mi planta —dijo—. «Lo siento», respondió la voz. «Para cambiar la lista, necesito la autorización de la comandante».
Al día siguiente, Inés y Tomás fueron a ver a la comandante Ruiz. Era una mujer seria, de pelo gris, que casi nunca sonreía. Escuchó la historia y después se quedó mirando la pequeña fresa verde que Inés le había llevado en una maceta.
—Las reglas existen para que todos podamos vivir aquí —dijo por fin—. El agua es lo más valioso que tenemos. —Lo sé —respondió Inés—. Pero esta planta casi no gasta agua. No le pido que cambie las reglas, solo que agregue una fruta a la lista.
Tomás dio un paso adelante. —Además, hice los cálculos —dijo, y le mostró su tableta—. Si ponemos las fresas en la zona C, con luz azul, gastan menos agua que las lechugas. La comandante estudió los números en silencio.
—Está bien —dijo al fin—. Voy a autorizar la planta. Pero quiero que me presenten un informe cada semana. Y cuando la fresa esté lista, espero que me inviten a probarla.
Esa misma noche, ARIA regó la fresa, y en pocos días las hojas recuperaron su color verde. Después, Inés y Tomás trabajaron juntos en el invernadero. Ella le enseñó a cuidar las plantas, y él le enseñó a leer los datos del sistema. Así, Inés descubrió que Tomás no era antipático: solo era tímido.
Para el día de la fiesta, la fresa ya estaba roja y brillante. No era más grande que una uña, pero era la primera fresa que había crecido en la Luna. Inés la cortó en cuarenta pedacitos, uno para cada habitante de la base.
Cuando la comandante Ruiz probó el suyo, cerró los ojos un momento. —Sabe a la Tierra —dijo en voz baja. Y por primera vez en mucho tiempo, todos la vieron sonreír.
Al final de la fiesta, la comandante anunció que, desde ese día, la zona C del invernadero iba a ser la zona de las fresas. Inés y Tomás se miraron y se rieron. —Ojalá mi abuela pueda ver esto —dijo Inés. —Mándale una foto —contestó Tomás—. Y no te olvides de pedirle más semillas.








