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La primera función

História em espanhol · nível avançado (C1) · ~710 palavras

Guanajuato, 1898: o cinematógrafo chega à cidade e uma jovem de dezessete anos joga tudo em uma única noite.

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La primera función

Nadie en Guanajuato había visto nunca nada parecido, y eso, en el otoño de 1898, era decir mucho en una ciudad que se creía de vuelta de todo. El cartel apareció un lunes en las paredes de la plaza de la Paz: «El Cinematógrafo. Fotografías que se mueven como la vida misma. Función única el sábado a las ocho». Debajo, en letras más pequeñas, se anunciaba que el aparato venía directamente de París, lo cual era mentira, porque venía de Puebla.

Amparo Lezama tenía diecisiete años y ayudaba a su padre a regentar el Salón Lezama, un teatrito de ciento veinte butacas donde lo mismo se representaban comedias que se exhibían magos de tercera. Fue ella quien negoció con el señor Thibaut, el operador del aparato —un francés de verdad, aunque llevaba veinte años sin pisar Francia—, y fue ella quien convenció a su padre de que valía la pena arriesgar lo poco que tenían en aquella novedad.

Durante toda la semana no se habló de otra cosa. Los estudiantes de minería apostaban a que todo era un truco con espejos; el boticario aseguraba haber leído que en París una señora se había desmayado al ver un tren que se le venía encima. El sábado, a las siete y media, había cola hasta la esquina, y Amparo tuvo que pedir sillas prestadas a la fonda de enfrente.

A las ocho en punto se apagaron las lámparas. Thibaut accionó la manivela, se oyó un zumbido metálico y sobre la sábana blanca que hacía de pantalla apareció, temblorosa y gris, la puerta de una fábrica de la que salían decenas de obreras riéndose. El público contuvo la respiración.

Fue entonces, a los dos minutos de gloria, cuando la película se rompió.

La pantalla se quedó en blanco. Thibaut soltó una palabrota en francés que, por suerte, nadie entendió, y se puso a manipular la cinta con dedos torpes. Amparo, a su lado, vio que la tira de celuloide se había enredado en el mecanismo y comprendió enseguida que aquello no tenía arreglo rápido. En la oscuridad empezaban a oírse toses, risitas y, desde el fondo, la voz de un estudiante: «¡Que devuelvan el dinero!».

Su padre la miraba desde la puerta con la cara de quien ve arder su casa. Si la gente se marchaba, no habría segunda función, y quizá tampoco Salón Lezama al mes siguiente.

Amparo no lo pensó demasiado. Tomó una vela del camerino, la encendió, se plantó delante de la sábana y, con la voz más firme que le salió, dijo:

—Señoras y señores: lo que acaban de ver ocurrió en Lyon hace tres años. ¿Quieren saber qué fue de esas muchachas?

Hubo un silencio desconcertado. Y Amparo, que nunca había salido de Guanajuato, empezó a contar. Contó que la más alta, la del sombrero de flores, se llamaba Louise y estaba enamorada del hijo del panadero; que la que iba del brazo de su hermana llevaba años ahorrando para comprarse una bicicleta. Inventaba sin pudor, con detalles tan precisos que algunos espectadores asentían, como si también ellos lo hubieran visto. Cuando alguien gritó «¿y el perro?», porque en la película había un perro, Amparo le dedicó cinco minutos enteros.

Thibaut tardó casi media hora en reparar la cinta. Cuando por fin le hizo una seña, Amparo sopló la vela y dijo, sencillamente: «Y ahora, véanlas ustedes mismos».

Las obreras de Lyon volvieron a salir de su fábrica, pero ya no eran unas desconocidas. La gente las saludaba por su nombre. Alguien le gritó a Louise que no se dejara engañar por el hijo del panadero. Al terminar la función, el aplauso fue tan largo que Thibaut, conmovido, tuvo que salir a saludar dos veces, aunque todos sabían que el mérito no era suyo.

Esa misma noche, el francés le hizo a Amparo una propuesta: que lo acompañara en su gira por el Bajío como «narradora de vistas». Ella le pidió una semana para pensarlo. Su padre, que la conocía bien, empezó a prepararle la maleta al día siguiente.

Años después, cuando el cine ya hablaba solo y nadie necesitaba que le contaran nada, a Amparo le gustaba decir que la mejor película de su vida había durado dos minutos. El resto, aseguraba, lo había puesto el público.

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de vuelta de todo estar de vuelta de todo
que já viu de tudo e nada mais surpreende; blasé · locução adjetiva
regentar
dirigir, administrar (um negócio) · verbo
butacas butaca
poltronas de teatro ou cinema · substantivo feminino
desmayado desmayarse
desmaiado; perdeu os sentidos · verbo (particípio)
manivela
manivela, peça que se gira à mão para acionar o aparelho · substantivo feminino
zumbido
zumbido, ruído contínuo e grave · substantivo masculino
palabrota
palavrão · substantivo feminino
enredado enredarse
emaranhado, preso · verbo (particípio)
sin pudor
sem pudor, sem vergonha · locução adverbial
asentían asentir
concordavam, assentiam com a cabeça · verbo

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