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La laguna escondida
Inés había llegado a El Chaltén con una sola imagen en la cabeza: una laguna de color turquesa, encajada entre dos lenguas de glaciar, que había visto de niña en una postal descolorida pegada en el refrigerador de su padre. Él siempre había dicho que algún día irían juntos. No llegaron a hacerlo. Ahora la postal viajaba en el bolsillo interior de su chaqueta.
En la oficina de guías le dijeron que no había sendero y que nadie iba hasta allí. Nadie, salvo Abel, un hombre de unos sesenta años, flaco y curtido, que escuchó su petición sin dejar de tomar mate y que, después de un silencio larguísimo, le contestó que sí, que la llevaba, pero que si el viento cambiaba, se volvían. Sin discusión.
Salieron antes del amanecer. Durante horas caminaron por un valle de piedras sueltas, cruzaron un río helado saltando de roca en roca y subieron por una ladera tan empinada que Inés tenía que detenerse cada veinte pasos para recuperar el aliento. Abel apenas hablaba. De vez en cuando se paraba, olía el aire y miraba hacia el oeste.
Llegaron al último collado pasado el mediodía. Inés ya adivinaba, más abajo, un destello verdoso entre las rocas, cuando Abel le apoyó una mano en el hombro.
—Nos volvemos.
Sobre las montañas se había formado una franja gris, compacta, que avanzaba a una velocidad que no parecía natural.
—Estamos a media hora —protestó—. Media hora, Abel. Saco dos fotos y bajamos.
—En media hora eso está aquí arriba. Y yo no le he prometido a nadie devolverte en pedazos.
Inés quiso discutir, pero la primera ráfaga casi la tiró al suelo. En cuestión de minutos el cielo se cerró por completo y empezó a caer una nieve fina y horizontal que se metía en los ojos. Bajaron casi a ciegas, siguiendo unas marcas que solo Abel parecía ver. En un tramo de piedra suelta, Inés pisó mal y sintió un chasquido seco en el tobillo.
Abel no dijo nada. Le vendó el pie con una eficacia brusca, se cargó la mochila de ella y la ayudó a avanzar, medio a rastras, hasta un refugio de piedra que Inés no habría encontrado ni en un día despejado: cuatro paredes bajas y un techo de chapa.
Pasaron la noche allí, escuchando cómo el viento se empeñaba en arrancar la chapa. Abel encendió un hornillo diminuto, preparó una sopa de sobre que a Inés le supo a gloria y, por primera vez, habló de verdad. Le contó que conocía la laguna desde hacía cuarenta años y que en todo ese tiempo solo había llevado allí a un par de personas.
—Una de ellas era un tipo de Buenos Aires —dijo, removiendo la sopa—. Fotógrafo, como tú. Quería hacer una postal.
Inés sintió que se le cerraba la garganta. Sacó la postal y se la tendió sin decir nada. Abel la estuvo mirando un largo rato a la luz del hornillo.
—Tu padre —dijo al fin, y no era una pregunta.
—Murió el año pasado. Siempre decía que iba a volver. Que me iba a traer.
Abel asintió despacio, como si algo encajara por fin en su sitio. —Aquella vez también nos sorprendió el viento. Y él también quería seguir. Le dije lo mismo que a ti. Estuvo dos días sin hablarme.
Inés se rio por primera vez en muchas horas, y la risa le salió mezclada con otra cosa.
Al amanecer, el viento se había ido como había venido, sin avisar. El cielo estaba limpio, de un azul casi doloroso. Abel salió, miró hacia el collado y después miró el tobillo hinchado de Inés.
—Hasta arriba no llegas —dijo—. Pero hay un sitio, a diez minutos, desde donde se ve.
Tardaron cuarenta. Cuando por fin se asomaron al borde de las rocas, la laguna estaba allí abajo, inmóvil, exactamente del mismo color que en la postal, con los glaciares resquebrajándose a ambos lados en un silencio enorme.
Inés no sacó la cámara enseguida. Se quedó un rato sentada en la piedra fría, con la postal en la mano, mirando. Después hizo una sola foto. No de la laguna, sino de Abel, de espaldas, con el agua turquesa al fondo, en el mismo lugar desde donde, veinticinco años antes, alguien había hecho la otra.








