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Una maleta perdida en Cartagena
Carla vivía en Santiago de Chile y trabajaba mucho en una oficina. Un día decidió tomar unas vacaciones de verdad. Compró un boleto de avión a Cartagena, en Colombia. Quería ver el mar Caribe, caminar por las calles antiguas de la ciudad y descansar.
El viaje fue largo, pero Carla estaba muy feliz. Cuando llegó al aeropuerto de Cartagena, esperó su maleta. Esperó diez minutos, veinte minutos, una hora. Su maleta no llegó.
—Lo siento, señora —le dijo un hombre del aeropuerto—. Su maleta está en Lima. Va a llegar mañana o pasado mañana.
Carla salió del aeropuerto muy triste. Hacía mucho calor y ella llevaba pantalones largos y un suéter. No tenía ropa de verano, ni traje de baño, ni nada.
En el hotel, la recepcionista se llamaba Daniela. Vio la cara de Carla y le preguntó qué pasaba. Carla le contó todo.
—Tranquila —dijo Daniela con una sonrisa—. Mi hermana tiene una tienda de ropa aquí cerca. Yo la llevo.
Esa tarde, las dos caminaron por las calles de colores de la ciudad. En la tienda, Carla compró un vestido amarillo, unas sandalias y un sombrero. La hermana de Daniela le hizo un buen precio. Después, las tres tomaron un jugo de mango en una plaza llena de flores.
Al día siguiente, Carla fue a la playa con su vestido nuevo. El agua estaba caliente y muy azul, y Carla se quedó allí hasta la noche.
La maleta llegó dos días después, pero Carla casi no la abrió. Prefería su ropa nueva de Cartagena.
Y cuando volvió a Chile, no trajo solo recuerdos de la playa. Trajo también dos amigas nuevas.








