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El autobús equivocado
Lucía estudiaba arquitectura en Bogotá, y en las vacaciones de mitad de año viajó sola a México por primera vez. Quería ver muchas cosas en poco tiempo, así que tenía un plan para cada día. El martes, por ejemplo, iba a tomar un autobús en Oaxaca para visitar unas ruinas famosas, a una hora de la ciudad.
En la estación había mucha gente y mucho ruido. Lucía vio un autobús blanco y le preguntó al chofer si iba a las ruinas. El hombre estaba hablando por teléfono, pero dijo que sí con la cabeza. Ella subió, se sentó junto a la ventanilla y se durmió enseguida.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la ciudad. El autobús subía por una montaña verde, entre nubes, y no había ruinas por ningún lado. Lucía empezó a preocuparse y le preguntó a la mujer de al lado adónde iban.
—A San Pablo —dijo la mujer—. ¿Tú también vas a la fiesta?
—¿Qué fiesta?
—La fiesta del maíz. Es solo una vez al año.
La mujer se llamaba doña Elena y vendía tortillas en el mercado de San Pablo. Cuando Lucía le explicó su error, doña Elena se rió con cariño.
—Tranquila, el último autobús a Oaxaca sale a las seis. Tienes todo el día.
El pueblo era pequeño, con casas de colores y una plaza llena de música. Había bandas, niños con máscaras y mesas largas con comida. Doña Elena le presentó a toda su familia, y su nieto Mateo, un chico de la edad de Lucía, le enseñó un baile típico. Lucía bailó muy mal, pero se rió como nunca.
A mediodía comió mole por primera vez. Era una salsa oscura, un poco dulce y un poco picante. Doña Elena se lo sirvió con arroz y tortillas recién hechas.
—¿Te gusta? —le preguntó.
—Me encanta. Nunca he comido algo tan rico.
Por la tarde, Mateo le mostró el pueblo. Le contó que muchos turistas pasaban cerca, pero casi nadie subía hasta allí. Lucía, como buena estudiante de arquitectura, dibujó las casas en su cuaderno, y él miraba los dibujos con mucha atención.
A las seis, toda la familia la acompañó al autobús. Doña Elena le regaló una bolsa de tortillas para el viaje, y Mateo, un poco nervioso, le dio un papel con su número de teléfono.
En el camino de vuelta, Lucía abrió su cuaderno con el plan del viaje. Al lado de «Martes: ruinas», escribió con letra grande: «San Pablo, el mejor error del viaje». Esa noche, en el hotel, solo podía pensar en la música, en el mole y en un chico que bailaba mucho mejor que ella. Las ruinas podían esperar un día más.








