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La luz del faro
En el año 1910, Isabel tenía doce años. Su casa estaba al lado de un faro, en la costa de Chile, cerca de Valparaíso. Su padre, don Ramón, era el guardián del faro.
Era un trabajo muy importante. Cada noche había que encender la gran lámpara del faro, porque cerca de la costa había muchas rocas peligrosas. Sin la luz, era muy difícil ver las rocas en la oscuridad.
Isabel siempre ayudaba a su padre, y así aprendió todo: cómo limpiar el cristal, cómo echar aceite en la lámpara y cómo encenderla.
Una tarde de invierno, don Ramón tuvo que ir al pueblo para comprar aceite.
—Vuelvo a las siete —le dijo a Isabel.
Pero a las seis empezó una tormenta muy fuerte. Llovía mucho y el viento movía los árboles con fuerza. A las siete, don Ramón no llegó. A las ocho, tampoco.
El cielo estaba negro. Isabel miró el mar desde la ventana y vio una pequeña luz entre las olas. Era un barco. ¡Y el faro estaba apagado!
Isabel tuvo miedo, pero no esperó más. Tomó una caja de fósforos y corrió hacia el faro. La escalera tenía ciento veinte escalones, y ella los subió sin parar.
Arriba había mucho viento. Con las manos frías, Isabel limpió el cristal, echó aceite en la lámpara y encendió un fósforo. El viento lo apagó. El segundo fósforo también se apagó. Con el tercero, la gran lámpara empezó a brillar.
La luz empezó a girar sobre el mar. Isabel miró por la ventana, muy nerviosa. Poco a poco, el barco cambió de dirección, pasó lejos de las rocas y entró despacio en el puerto.
Isabel se quedó toda la noche arriba, al lado de la lámpara.
Por la mañana, la tormenta terminó. Don Ramón llegó a casa mojado y cansado: durante la tormenta, un árbol enorme había caído sobre el camino, y había tenido que pasar la noche en el pueblo. Cuando miró hacia el faro, vio la luz todavía encendida y a su hija en la ventana.
Esa tarde, un hombre con uniforme llegó a la casa. Era el capitán del barco. Traía una caja pequeña de madera para Isabel. Dentro había un reloj de plata.
—Anoche, gracias a ti, ochenta personas llegaron sanas y salvas al puerto —le dijo.
Don Ramón abrazó a su hija con orgullo. Desde ese día, Isabel fue la ayudante oficial del faro. Y muchos años después, fue la primera mujer guardiana de ese faro.








