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El robot que no sabía mentir
En el año 2090, en la casa de la familia Herrera vivía Pipo, un robot de cocina que hacía las mejores empanadas del barrio. Pipo era amable, trabajador y muy limpio, pero tenía un problema: no sabía mentir. Cuando alguien le hacía una pregunta, siempre contestaba con la verdad.
Ese año, Martina, la hija de doce años, quería organizar una fiesta sorpresa para su papá, que cumplía cincuenta años el sábado. Invitó a los abuelos, a los tíos y a los amigos del trabajo de su papá. El único peligro era Pipo.
—Pipo, escúchame bien —le dijo Martina el viernes—. Mañana papá no puede saber nada de la fiesta. ¿Entiendes?
—Entiendo —contestó el robot—. Pero yo no sé mentir, Martina. Así me programaron.
El sábado por la mañana, el papá entró en la cocina y vio a Pipo con tres pasteles enormes.
—¿Para qué son tantos pasteles? —preguntó.
Martina, que estaba en la puerta, empezó a ponerse nerviosa.
—Son para personas que tienen hambre —contestó Pipo.
El papá se rió y no preguntó nada más. Una hora después, encontró veinte sillas en el garaje.
—Pipo, ¿qué hacen todas estas sillas aquí?
—Están esperando —dijo el robot—. Las sillas suelen esperar a las personas.
Martina sabía que su papá era muy inteligente y que, tarde o temprano, iba a hacer la pregunta más peligrosa de todas. Entonces tuvo una idea. Llamó a todos los invitados y les explicó el cambio de plan: la fiesta ya no iba a ser en la sala, sino en el jardín de la abuela, que vivía en la casa de al lado.
A las siete, el papá volvió del supermercado. Miró la sala vacía, miró al robot y, por fin, le hizo la pregunta.
—Pipo, mírame. ¿Hay una fiesta sorpresa en la sala?
Las luces azules del robot parpadearon un segundo.
—No. En la sala no hay ninguna fiesta.
Era la verdad, y el papá se quedó tranquilo. Entonces Martina lo tomó de la mano.
—Papá, ven, acompáñame a la casa de la abuela. Acaba de llamar y necesita ayuda con algo.
Cuando abrieron la puerta del jardín, todos gritaron: «¡Sorpresa!». El papá se quedó con la boca abierta. Después vio llegar a Pipo con los tres pasteles.
—Tú lo sabías todo, ¿verdad? —le preguntó.
—Sí —dijo Pipo—. Pero nadie me preguntó por el jardín.
Esa noche, el papá dijo que era el mejor cumpleaños de su vida. Y Martina le dio a Pipo un premio especial: una hora libre para ver videos de cocina, su pasatiempo favorito.








