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La señora que no se quedaba quieta
En la primavera de 1843 se abrió en la calle de Plateros, en la Ciudad de México, un local que intrigaba a medio mundo. En la vitrina, un cartel anunciaba con letras doradas: «Retratos al daguerrotipo. Su imagen exacta, fijada por la luz, en menos de un minuto».
El dueño era un francés, Monsieur Duval, que hablaba un español tan creativo que la mitad de sus clientes se iba sin entender qué había pagado. Por suerte, su ayudante, Julián, un muchacho de dieciséis años, era el único que lo entendía.
El problema era que, por más generosa que fuera la luz de la ciudad, el aparato exigía que el cliente permaneciera inmóvil durante casi un minuto. Un estornudo o una sonrisa a destiempo bastaban para arruinar la imagen, y cada placa costaba una pequeña fortuna.
Una mañana de mayo entró doña Remedios de la Garza, esposa de un rico comerciante de telas, decidida a conseguir un retrato que despertara la envidia de todas sus amigas. Doña Remedios hablaba. Hablaba al entrar, hablaba mientras se acomodaba el peinado y seguía hablando cuando Monsieur Duval, con un gesto teatral, destapó el objetivo.
Tres placas se perdieron aquella mañana. En la primera tenía cuatro ojos; en la segunda, su boca era una nube gris; en la tercera, directamente no tenía cabeza, porque se había girado para opinar sobre las cortinas. Monsieur Duval, pálido, murmuraba en francés cosas que Julián prefirió no traducir.
—Señora —dijo finalmente el muchacho—, ¿conoce usted la historia de la marquesa que se sentó en este mismo sillón?
Doña Remedios se calló de golpe: no soportaba que existiera una historia que ella no conociera. Julián le pidió que apoyara la nuca en el soporte de hierro que tenía detrás y, mientras su patrón preparaba la cuarta placa, empezó a contar.
Inventó sobre la marcha a una marquesa con un secreto escondido en el peinado, a un capitán que la seguía a todas partes y un collar de perlas perdido. Hablaba despacio y, cada vez que se acercaba a la parte más emocionante, bajaba la voz, de modo que doña Remedios, con tal de no perderse ni una palabra, contenía hasta la respiración.
Cuando Monsieur Duval volvió a tapar el objetivo, ella seguía inmóvil, con la boca entreabierta. La imagen resultó la más nítida que el francés había conseguido desde su llegada: se distinguía cada encaje y cada rizo.
—¿Y el collar? —preguntó doña Remedios, sin mirar siquiera el retrato—. ¿Dónde estaba el collar de la marquesa?
—Eso se lo cuento cuando vuelva con su hermana —respondió Julián, con una reverencia.
A partir de entonces, el negocio no daba abasto. Las señoras de la capital hacían fila no tanto para ver su imagen fijada por la luz como para escuchar el siguiente capítulo, y Monsieur Duval le subió el sueldo a Julián dos veces. Si al llegar alguien le hubiera dicho que su mejor herramienta sería un muchacho que contaba cuentos, se habría reído en su cara; sin embargo, años más tarde, cuando abrió su segundo estudio, mandó pintar sobre la puerta: «Duval y Julián, retratistas».








