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El mejor balcón de la calle

Storia in spagnolo · livello avanzato (C1) · ~730 parole

Un impiegato di banca appena andato in pensione a Montevideo si iscrive a un concorso di balconi fioriti contro la vicina che detesta da anni.

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El mejor balcón de la calle

Durante treinta y dos años, Ramón Etcheverry había sido un hombre razonable. Había trabajado en un banco sin un solo error de cálculo, había pagado sus impuestos con una puntualidad casi ofensiva y nunca, en toda su vida, se había presentado a un concurso. Todo eso cambió el día en que se jubiló y la comisión de vecinos de su calle, en el barrio de Pocitos, anunció el primer Concurso de Balcones Floridos.

El premio era modesto: una placa de bronce y una cena para dos en la parrilla de la esquina. Pero en el edificio de enfrente vivía Ofelia Duarte, profesora de piano jubilada, dueña del único balcón de la cuadra que la gente fotografiaba al pasar, y con la que Ramón mantenía desde hacía una década una guerra fría a propósito de un lugar de estacionamiento.

Ramón empezó con discreción: unos geranios, un par de macetas de lavanda, un jazmín que, según el vivero, florecería en noviembre. Al día siguiente, Ofelia colgó tres cestas de petunias que caían en cascada hasta el piso de abajo. Ramón respondió con un limonero enano. Ofelia, con una glicina que en una semana trepó hasta la ventana del vecino del cuarto, que desde entonces tuvo que abrirla con tijeras de podar.

A mediados de octubre, la cosa se había ido de las manos. Ramón había instalado un sistema de riego automático que programaba desde el teléfono con una concentración que jamás había dedicado a las cuentas del banco. Ofelia había contratado a un sobrino paisajista que llegaba los sábados con planos.

—Papá, ¿no te estás tomando esto demasiado a pecho? —le preguntó su hija un domingo.

—Yo no me tomo nada a pecho —contestó Ramón, mientras medía con una regla la altura de los tallos—. Simplemente me gusta hacer las cosas bien.

La noche anterior a la visita del jurado se desató una de esas tormentas que en Montevideo se recuerdan durante años. Ramón la pasó en vela, con la nariz pegada al vidrio, viendo cómo el limonero enano se inclinaba de una forma que no auguraba nada bueno. Al otro lado de la calle, a la luz intermitente de los relámpagos, distinguió una silueta en bata que intentaba sujetar la glicina con un cinturón.

Por la mañana, el panorama era desolador. Las petunias de Ofelia estaban esparcidas por media cuadra. El limonero de Ramón había aterrizado, con maceta y todo, en el techo de un auto estacionado. Lo único que seguía en pie en ambos balcones eran los soportes de hierro y un orgullo bastante maltrecho.

Ramón bajó a la calle a recoger lo que pudiera. Ofelia ya estaba allí, en botas de goma, con una petunia rescatada en cada mano. Se miraron. Durante un segundo pareció que alguno de los dos iba a decir algo hiriente. Pero Ofelia tenía una hoja pegada en la frente y Ramón llevaba el pijama debajo del impermeable, y los dos, al mismo tiempo, se echaron a reír de una forma tan descontrolada que el dueño del auto, que salía a evaluar los daños, decidió volver a entrar.

Hacia el mediodía, entre los dos, habían armado en la entrada del edificio de Ramón algo que no se parecía a ninguno de sus balcones: un rincón desordenado, con plantas de ambos, el limonero algo torcido y la glicina atada con el cinturón de la bata de Ofelia, que se negó a quitarlo porque, según ella, ya formaba parte de la obra.

El jurado llegó a las cuatro. Recorrió la calle con enorme seriedad, se detuvo con cierta compasión frente al rincón de la entrada y, finalmente, le entregó la placa de bronce a Valentina, de siete años, del tercer piso, cuyo balcón consistía en una sola planta de tomate en un balde azul que había sobrevivido a la tormenta porque su madre, con muy buen criterio, la había metido en la cocina.

Ramón y Ofelia fueron los que más aplaudieron.

Esa noche, la cena para dos se convirtió en una cena para cuatro, porque Valentina insistió en invitar a «los señores de las plantas rotas». En la mesa del fondo de la parrilla, mientras la niña le explicaba a quien quisiera escucharla cómo se riega un tomate, Ramón y Ofelia discutían acaloradamente si el año próximo convenía apostar por las orquídeas o por las suculentas. Lo que no discutieron, curiosamente, fue si se presentarían por separado.

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se jubiló jubilarse
andò in pensione · verbo
macetas maceta
vasi da fiori · sostantivo
vivero
vivaio, negozio di piante · sostantivo
trepó trepar
si arrampicò (di una pianta) · verbo
se había ido de las manos irse de las manos
era sfuggita di mano · locuzione verbale
a pecho tomarse a pecho
troppo sul serio, a cuore · locuzione avverbiale
en vela pasar en vela
senza dormire, in bianco · locuzione avverbiale
desolador
desolante, sconfortante · aggettivo
maltrecho
malridotto, malconcio · aggettivo
balde
secchio · sostantivo

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