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La voz del teléfono
Es el año 1910. Buenos Aires es una ciudad grande y nueva. Hay mucha gente.
Clara es joven. Vive con su madre en una casa pequeña. Su trabajo es atender el teléfono. Trabaja en una oficina muy grande, con muchas otras mujeres.
Es un día normal. Son las cinco. Hay una llamada.
—Hola.
—Hola. ¿Qué hora es?
Es la voz de un hombre. Clara mira el reloj grande de la oficina.
—Son las cinco.
—Gracias.
El hombre no dice nada más. Clara mira el teléfono. «Qué llamada tan rara», piensa.
Al día siguiente, a las cinco, hay una llamada. Es el mismo hombre.
—¿Qué hora es?
—Son las cinco.
Y así todos los días: siempre a las cinco y siempre la misma voz. Clara no habla del hombre con las otras mujeres. Es su secreto.
Un día, Clara le hace una pregunta.
—¿Tú no tienes reloj?
—Sí, tengo muchos.
—¿Muchos? ¿Dónde estás?
—Estoy en la torre del reloj grande de la ciudad. Mi trabajo es cuidar este reloj y ponerlo en hora. Toda la ciudad mira mi reloj.
—¿Y por qué me llamas a mí?
—Para saber si mi reloj está bien. Tu reloj y mi reloj tienen la misma hora.
Clara sonríe. Para ella, es un día muy bueno.
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Tomás. Y tu voz es la mejor voz de la ciudad.
Clara va a la ventana. A lo lejos ve la torre del reloj. Arriba, al lado del reloj, hay un hombre. Se ve muy pequeño, pero mueve la mano. Clara sonríe y también mueve la mano.
Al día siguiente, a las cinco, hay una llamada. Clara habla primero:
—Son las cinco, Tomás.








