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Recuerdos de segunda mano
En 2071 casi nadie viajaba por placer. ¿Para qué, si por una fracción de lo que costaba un pasaje se podía comprar el recuerdo de otra persona, grabado con todos sus colores, olores y emociones, e instalarlo en la memoria durante una siesta de veinte minutos?
Irene Salas, correctora en una editorial de Córdoba, nunca había salido de su provincia, pero era una de las clientas más fieles de RecuerdaYa. Tenía en la cabeza un amanecer en Machu Picchu, una tarde en una playa de Tulum y una noche de tango en Buenos Aires que le había resultado algo aburrida.
Para su cumpleaños número cuarenta se regaló el recuerdo más caro del catálogo: las cataratas del Iguazú vistas desde la pasarela de la Garganta del Diablo. Durante tres minutos perfectos sintió el rugido del agua, la humedad pegada a la piel y el arcoíris temblando sobre la espuma. Sin embargo, justo al final, ocurrió algo que no figuraba en la descripción del producto.
La mujer que había grabado aquel recuerdo se apartó de la baranda, e Irene sintió que su propia boca pronunciaba unas palabras que no eran suyas: «Si estás viendo esto, es que compraste mi recuerdo. No te conformes. El 3 de marzo, al mediodía, voy a estar aquí. Ven a verlo de verdad».
Se despertó en el sillón del local con el corazón desbocado. El técnico le aseguró que esos mensajes estaban prohibidos y que, de haberlo sabido, la empresa jamás habría puesto ese recuerdo a la venta. Luego le ofreció devolverle el dinero o, si lo prefería, ayudarla a presentar una queja.
Irene no quiso ni una cosa ni la otra. Durante semanas se dijo que era una broma de mal gusto, pero por más que se esforzaba, no conseguía olvidar aquella voz. Faltaban diez días para el 3 de marzo cuando, sin decírselo a nadie, compró un pasaje de avión a Puerto Iguazú.
La realidad no se parecía en nada al recuerdo: era más incómoda y muchísimo mejor. El trencito iba repleto de turistas, un coatí intentó robarle el sándwich y la pasarela, mojada por la bruma, vibraba bajo sus pies. Al final de la pasarela, el estruendo era tan brutal que ningún aparato podría haberlo capturado entero.
A las doce en punto se acercó a la baranda una mujer de pelo corto y, casi al mismo tiempo, otras seis personas con la misma cara de desconcierto que Irene.
—Siete este año —dijo la mujer, e Irene reconoció enseguida aquella voz—. Me llamo Paloma. Vendo un recuerdo por año, siempre con el mismo mensaje. Si un año no viniera nadie, dejaría de hacerlo, pero siempre viene alguien.
—¿Y por qué lo haces? —preguntó Irene.
—Porque si yo no hubiera encontrado un mensaje así hace quince años, ahora estaría en mi casa creyendo que conozco el mundo.
Esa tarde, los ocho comieron juntos, empapados y felices. Ya en el avión de regreso, Irene comprendió que no le hacía falta grabar nada: por primera vez tenía un recuerdo completamente suyo. Lo único que lamentaba era haber tardado cuarenta años en salir a buscarlo.








