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La señal de las doce y cuarto
En el observatorio de Cerro Alto, en pleno desierto de Atacama, las noches eran largas y los días, aburridos. Inés Valdivia llevaba tres años allí analizando datos de radio, y había aprendido que el universo, contra lo que suele pensarse, es un lugar bastante silencioso.
Por eso, aquel martes de octubre, cuando vio el pico en la pantalla, se le cayó el café. Era una señal corta e intensa, de una frecuencia que no correspondía a ningún satélite conocido. Duraba apenas unos segundos. La registró, la revisó tres veces y llamó a su jefe, el doctor Ferrán.
—Seguro que es un error del equipo —dijo él, aunque se le notaba en la voz que quería creer lo contrario.
Al día siguiente, la señal volvió a aparecer. Y al otro. Siempre entre las doce y las doce y media. En una semana, el pequeño observatorio se había llenado de rumores. Los técnicos hacían apuestas, alguien pegó en la puerta del comedor el dibujo de un marciano saludando y Ferrán empezó a redactar, en secreto, un artículo que pensaba enviar a una revista científica.
Solo a Inés algo no le cuadraba. Si la señal venía del espacio, ¿por qué llegaba siempre a la misma hora, y no cuatro minutos antes cada día, como haría cualquier objeto que siguiera el movimiento de las estrellas?
Decidió investigar por su cuenta. Durante varios días anotó todo lo que ocurría en el edificio a esa hora: quién entraba, quién salía, qué aparatos se encendían. Un jueves, en el comedor, vio a don Ernesto, el guardia de seguridad, calentando su almuerzo en el microondas. Don Ernesto, impaciente como siempre, abrió la puerta del aparato antes de que terminara de calentar.
En ese mismo instante, el teléfono de Inés vibró. Era la alerta que ella misma había programado: nueva señal detectada.
Tardó un par de horas en comprobarlo, pero no le quedó ninguna duda. Si se abría la puerta del viejo microondas antes de tiempo, el aparato emitía un breve pulso de radiación que las antenas captaban sin problema. Los extraterrestres de Cerro Alto tenían bigote, cincuenta y ocho años y una debilidad por las empanadas recalentadas.
Cuando se lo contó a Ferrán, este borró el artículo sin decir una palabra. Esa misma tarde se compró un microondas nuevo y en la puerta del viejo se colocó un cartel que decía: «Prohibido abrir antes de tiempo. Por orden de la ciencia».
Durante unos días, todos estuvieron un poco decepcionados. El dibujo del marciano desapareció y el observatorio volvió a su rutina. Inés, en cambio, se sentía extrañamente satisfecha. Había resuelto el misterio, y eso también era hacer ciencia.
Hasta que una madrugada, a las tres y diez, sonó de nuevo la alerta de su teléfono.
Inés se levantó medio dormida y fue a la sala de control. La señal estaba ahí: corta, intensa, idéntica a las anteriores. Pero esta vez el comedor estaba cerrado con llave, don Ernesto dormía en su casa del pueblo y el microondas viejo estaba desenchufado en un depósito.
Inés se quedó mirando la pantalla un largo rato. Esta vez, antes de despertar a nadie, pensaba revisar cada enchufe del edificio. Y si no encontraba nada… bueno, entonces sí que tendría algo que contar.








