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El carro azul
Nora llegó a La Habana con un plan perfecto. Tenía una lista con todos los museos, los restaurantes y los horarios, y había planeado cada día de sus vacaciones con mucha antelación. El miércoles tenía que estar en Trinidad a las tres de la tarde para una visita guiada por el centro histórico.
Para el viaje contrató a Rafael, un conductor de unos sesenta años que tenía un carro americano de 1956, azul y brillante como un caramelo. —Es más viejo que yo, pero más fuerte —dijo Rafael, y le dio una palmada al techo del carro.
Salieron a las siete de la mañana. Durante dos horas todo fue bien: la carretera estaba vacía y la radio tocaba boleros. Pero, cerca de un pueblo pequeño, el carro empezó a hacer un ruido extraño y, poco después, se paró por completo.
Rafael abrió el capó y miró el motor un buen rato. —Es una pieza. Tengo un amigo en Santa Clara que la tiene, pero no llegará antes de la tarde.
—¿Antes de la tarde? —Nora miró el reloj—. ¡Pero tengo que estar en Trinidad a las tres!
—Lo sé —dijo Rafael con calma—. Pero el carro no lo sabe.
Nora se sentó a la sombra de un árbol, muy enojada. Quiso llamar a la agencia, pero no había cobertura. Pensó que sería el peor día de todo el viaje.
Entonces apareció una niña de unos ocho años con un mango en la mano. —¿Quieres? —le preguntó—. Mi abuela dice que vengas a su casa, que aquí hace mucho calor.
La abuela se llamaba Caridad y vivía en una casa pequeña pintada de verde. En media hora, Nora tenía delante un plato de arroz con frijoles, un jugo de guayaba y a medio pueblo sentado en el patio, preguntándole de dónde era y qué le parecía Cuba.
Después de comer, unos señores le enseñaron a jugar al dominó. Nora perdió todas las partidas, pero se rio tanto que le dolía la cara. Más tarde, un vecino sacó una guitarra y la niña le enseñó a bailar un poco, descalza sobre el suelo de cemento.
Nora no miró el reloj ni una sola vez.
Cuando por fin llegó la pieza y Rafael arregló el carro, el sol ya empezaba a bajar. Caridad le dio a Nora una bolsa de mangos para el camino.
—Siento mucho lo de la visita guiada —le dijo Rafael cuando volvieron a la carretera.
Nora sacó su lista del bolso. La miró un momento, la dobló y la guardó.
—No lo sientas —respondió—. Creo que hoy vi lo mejor de Cuba.
Un año después, Nora volvió a Cuba. Esta vez no llevaba ninguna lista. Solo una dirección: una casa pequeña pintada de verde, en un pueblo donde un carro azul se había parado una vez.








