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El loro que hablaba demasiado
Lucas trabajaba desde casa, en un departamento pequeño de la Ciudad de México. Le gustaba su trabajo, pero odiaba las reuniones por video. Su jefe, el señor Medina, hablaba durante horas y casi nunca decía nada importante.
Un viernes, su vecina doña Pilar tocó a su puerta con una jaula en las manos. Dentro había un loro verde con la cabeza amarilla.
—Lucas, querido, me voy dos semanas a Veracruz a visitar a mi hermana. ¿Podrías cuidar a Paco? Solo necesita agua, fruta y un poco de conversación.
Lucas no sabía nada de loros, pero no pudo decir que no. Doña Pilar le dio las instrucciones, un beso en la mejilla y se fue.
Los primeros días fueron tranquilos. Paco comía su fruta, miraba por la ventana y de vez en cuando silbaba. Pero el loro también escuchaba. Escuchaba todo.
El miércoles, mientras Lucas preparaba café, sonó su teléfono. Corrió a contestar, pero no había ninguna llamada. El sonido venía de la jaula. Paco había aprendido a imitar el teléfono perfectamente. Esa tarde lo hizo once veces.
El jueves aprendió algo peor. Lucas tenía la costumbre de hablar solo mientras trabajaba, y cuando terminaba una reunión larga siempre decía, con un suspiro: “¡Qué aburrido!”. Pronto Paco empezó a repetirlo con la misma voz cansada.
El viernes por la mañana, Lucas tenía una reunión importante. Antes de empezar, llevó la jaula a la cocina y cerró la puerta.
—Espero que te portes bien —le dijo al loro.
La reunión empezó bien. Lucas presentó su parte y después el señor Medina tomó la palabra. Habló diez minutos, veinte, cuarenta. Habló de números, de gráficos y de un viaje que había hecho a Monterrey hacía muchos años.
De repente, desde la cocina, se oyó una voz muy clara:
—¡Qué aburrido!
Todos se quedaron en silencio. Lucas se puso rojo como un tomate. El señor Medina se acercó a la cámara.
—Lucas, ¿usted dijo algo?
—No, no, señor. Es… es el loro de mi vecina.
Nadie le creyó, claro. Hasta que Paco decidió ayudar: primero imitó el sonido del teléfono y después gritó, todavía más fuerte: “¡Qué aburrido! ¡Qué aburrido!”.
Hubo un momento terrible. Y luego el señor Medina empezó a reírse. Se rio tanto que tuvo que quitarse los lentes.
—¿Saben qué? —dijo por fin—. Creo que el loro tiene razón. A partir de hoy, las reuniones van a durar media hora como máximo.
Esa tarde, Lucas recibió muchos mensajes de sus compañeros. Uno decía: “Queremos que Paco venga a todas las reuniones”.
Cuando doña Pilar volvió, Lucas le devolvió la jaula con un poco de tristeza.
—¿Se portó bien? —preguntó ella.
—Muy bien —dijo Lucas—. Pero cuando vuelva a viajar, avíseme. Mi jefe pregunta mucho por él.








