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Notas en el margen
Todas las mañanas, a las siete y diez, Andrés tomaba el mismo autobús para ir a su oficina en el centro de Medellín. Era un viaje de casi cuarenta minutos, y él solía pasarlo mirando por la ventana o medio dormido.
Un lunes de marzo, una mujer se sentó a su lado con un libro enorme. Tenía el pelo recogido, unas gafas redondas y una forma muy especial de leer: a veces sonreía y a veces cerraba los ojos unos segundos, como para recordar una frase.
Andrés no podía dejar de mirarla. Pero era tímido y nunca había hablado con una desconocida en un autobús. Durante dos semanas, ella se sentó siempre en el mismo lugar, y él nunca se atrevió a decir nada.
Un viernes, la mujer se bajó con prisa y dejó el libro en el asiento. Andrés lo tomó y corrió hacia la puerta, pero ya era tarde: el autobús había arrancado.
Esa noche, en su casa, abrió el libro. Era una novela de aventuras, y en los márgenes había notas escritas a lápiz: «¡Qué bonita esta parte!», «No me creo nada de este personaje», «Ojalá que no se muera el capitán».
Andrés se rio solo en la cocina. Sabía que no estaba bien leer las notas de otra persona, pero leyó todo el fin de semana. Y, sin pensarlo mucho, empezó a escribir sus propias notas con lápiz azul, al lado de las de ella: «Yo tampoco me creo a este personaje», «Tranquila, el capitán no se muere».
El lunes, cuando ella subió al autobús, Andrés le dio el libro.
—Lo dejaste el viernes. Perdona... también escribí algunas cosas. Espero que no te moleste.
Ella abrió el libro, vio las notas azules y se puso a reír tan fuerte que varias personas se dieron la vuelta.
—¡Me contaste el final! —dijo—. Me llamo Valeria, por cierto.
Al día siguiente, Valeria no traía un libro, sino dos. Le dio uno a Andrés. Era una novela de misterio, con notas suyas en los primeros capítulos. —Quiero que lo leas y me digas qué piensas —le dijo—. Pero sin contarme el final.
Así pasaron las semanas. Cada mañana intercambiaban libros llenos de notas y de pequeños chistes. Andrés empezó a esperar las siete y diez con una ilusión que no había sentido en años.
Un jueves de mayo, Andrés decidió ser valiente. En la última página de una novela, escribió con letra muy clara: «¿Te gustaría tomar un café conmigo el sábado?».
A la mañana siguiente, Valeria le devolvió el libro sin decir nada, pero con una sonrisa. Andrés buscó la última página. Debajo de su pregunta, con lápiz negro, había una sola línea:
«Sí. Pero esta vez no me cuentes el final».








