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¿Dónde está mi teléfono?
El lunes por la mañana, Camila se despertó tarde. Tenía una reunión importante a las nueve y no encontraba su teléfono.
Buscó en la cama, debajo del sofá y en su mochila. Nada. Miró en el baño y en el balcón. Tampoco estaba allí.
—¡No puede ser! —dijo en voz alta—. Todo está en ese teléfono: mis fotos, mis mensajes, mi trabajo...
Entonces tuvo una idea. Fue al departamento de al lado, donde vivía don Hugo, un señor mayor muy simpático.
—Don Hugo, ¿me presta su teléfono un momento? Necesito llamar al mío.
—Claro, Camila. Toma.
Camila marcó su número y volvió rápido a su casa. Escuchó con atención. Primero, silencio. Después, una música muy baja. Venía de la cocina.
Abrió todos los armarios. No estaba. Miró dentro del horno. Tampoco. Pero la música seguía. Camila se acercó al refrigerador, abrió la puerta... y allí estaba su teléfono, frío, al lado de la leche y los huevos.
Camila empezó a reír. Ahora lo recordaba todo: la noche anterior llegó muy cansada, sacó un yogur, guardó la leche... y guardó también el teléfono.
Volvió a casa de don Hugo para devolverle el teléfono.
—¿Lo encontraste? —preguntó él.
—Sí. Estaba en el refrigerador —dijo Camila, con un poco de vergüenza.
Don Hugo no se rio. La miró en silencio, fue a su cocina, abrió su propio refrigerador y sacó unos lentes.
—Ayer busqué estos lentes durante tres horas —dijo—. No eres la única, hija.
Los dos se rieron mucho. Camila llegó a la reunión a las nueve y cinco, con el teléfono todavía frío en la mano.








