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La ladrona de tomates
Ese verano, Clara pasó las vacaciones en la casa de su abuelo Ernesto, en un pueblo tranquilo. La casa tenía un jardín grande, con dos limoneros y una huerta. El abuelo cuidaba sus tomates con mucho amor. Todas las mañanas los regaba y hasta hablaba con ellos.
Un día, el abuelo entró en la cocina muy serio. —Clara, alguien está robando mis tomates —dijo—. Esta semana desaparecieron cuatro tomates, siempre los más rojos.
Clara tenía once años y le encantaban las novelas de detectives. Dejó el desayuno en la mesa y salió al jardín con su cuaderno.
En la huerta, miró cada planta con mucha atención. Notó algo raro: solo faltaban los tomates de abajo, los que estaban cerca del suelo. Los tomates de arriba seguían en las plantas. Además, en la tierra había unas marcas pequeñas y redondas. Clara lo anotó todo en su cuaderno.
—Primero tenemos que pensar en los sospechosos —le dijo a su abuelo. —¿Los sospechosos? —preguntó él, y se rio. —Sí, abuelo. Así trabajan los detectives.
El primer sospechoso era Bruno, el hijo de los vecinos de la derecha. Tenía catorce años y siempre jugaba al fútbol en la calle. Pero esa tarde, la mamá de Bruno le contó a Clara que el chico estaba de viaje con su equipo desde el viernes.
Los segundos sospechosos eran los pájaros. —Los pájaros comen tomates, ¿no? —preguntó Clara. —Sí, pero comen un poco y dejan el resto en la planta —contestó el abuelo—. Y aquí no queda nada.
La tercera sospechosa era doña Teresa, la vecina de la izquierda. Era una señora mayor que hacía la mejor salsa de tomate del pueblo. Entre las dos casas había una cerca de madera, vieja y baja. Clara miró a su abuelo. —No, Clara —dijo él—. Teresa es mi amiga desde hace cuarenta años.
Esa noche, Clara tuvo una idea. Dejó su teléfono en la huerta, escondido entre dos plantas, con la cámara encendida. Después se fue a la cama, pero casi no durmió, porque estaba muy nerviosa.
A las siete de la mañana, corrió a la huerta. Faltaba otro tomate. Clara tomó el teléfono y miró el video con su abuelo en la cocina. Durante mucho tiempo no pasó nada: solo se veían las plantas y la luz de la luna.
Pero a las tres de la mañana, algo se movió junto a la cerca. Una cosa pequeña y oscura salió por un agujero debajo de la madera. Avanzaba muy despacio, paso a paso.
—¿Qué es eso? —preguntó el abuelo, y se puso los lentes. En la pantalla apareció una cabeza pequeña, con dos ojos negros. Después vieron un caparazón grande y redondo. ¡Era una tortuga!
La tortuga fue directo a la planta más cercana. Estiró el cuello, mordió un tomate rojo y empezó a comer. Al final, del tomate no quedó nada.
Clara y su abuelo se miraron y se rieron mucho. —¡Las marcas de la tierra eran de sus patas! —dijo Clara—. Y por eso solo faltaban los tomates de abajo. Una tortuga no puede subir a una planta.
Esa misma mañana, fueron a la casa de doña Teresa con el teléfono. La señora miró el video y aplaudió. —¡Es Manuela, mi tortuga! —dijo—. Tiene cincuenta años y siempre se escapa. Hace una semana que la busco por todo el barrio.
Después se puso un poco roja. —Lo siento mucho, Ernesto. Mi tortuga es una ladrona de tomates.
Esa tarde, el abuelo y Clara taparon el agujero de la cerca. Pero el abuelo hizo algo más: le regaló a doña Teresa una planta de tomate en una maceta, solo para Manuela.
Unos días después, doña Teresa llegó con un frasco de su famosa salsa. —Es de mis tomates, no de los tuyos —dijo, y le guiñó un ojo al abuelo. Esa noche, Clara escribió la última línea en su cuaderno: «Caso cerrado. La ladrona tenía cincuenta años y caminaba muy despacio».








