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La maleta equivocada
El viernes por la noche, Lucas llegó a Bogotá después de un viaje largo desde Ciudad de México. Estaba muy cansado. En el aeropuerto tomó su maleta negra, subió a un taxi y fue directamente al hotel.
En la habitación, abrió la maleta para buscar su pijama. Pero su pijama no estaba. En su lugar había un vestido rojo, unos zapatos de mujer, una cámara de fotos y tres libros de arte.
—¡Esta no es mi maleta! —dijo en voz alta.
Miró la maleta otra vez. Era negra, como la suya, y del mismo tamaño. En una etiqueta pequeña había un nombre, Camila Ortega, y un número de teléfono.
Lucas llamó, pero nadie contestó. Entonces escribió un mensaje: «Hola, Camila. Me llamo Lucas. Creo que tengo tu maleta. ¿Tú tienes la mía?».
Esperó una hora, pero no recibió respuesta. Al final se durmió con la ropa puesta.
A las siete de la mañana, sonó el teléfono. Era un mensaje de Camila: «¡Hola, Lucas! Sí, tengo tu maleta. Tus camisas son muy grandes para mí, y yo necesito mi cámara para trabajar. ¿Nos vemos a las diez en un café de La Candelaria? Se llama El Patio».
Lucas llegó al café a las diez menos cuarto. A las diez en punto, entró una mujer joven con una maleta negra. Tenía el pelo corto y una sonrisa grande.
—¿Lucas? —preguntó.
—¿Camila? —dijo él, y los dos se rieron.
Intercambiaron las maletas. Camila abrió la suya y miró su cámara con alivio.
—¡Gracias! Todas las fotos de mi proyecto están aquí —dijo.
Tomaron un café, y después otro. Camila era fotógrafa y estaba en Bogotá por trabajo, igual que Lucas. Ella le explicó su proyecto: fotos de puertas y ventanas viejas.
—¿Es tu primera vez en Bogotá? —preguntó Camila.
—Sí —contestó Lucas—. Todavía no conozco nada.
—Entonces hoy te muestro este barrio. La Candelaria es el más bonito de la ciudad.
Caminaron toda la tarde por calles de colores. Camila sacó fotos de puertas azules, ventanas verdes y gatos en los balcones. Lucas comió ajiaco, una sopa típica de Bogotá, y le gustó mucho. Hablaron de viajes, de música y de comida, y el tiempo pasó muy rápido.
Por la noche, delante del hotel de Lucas, Camila miró su reloj.
—Mañana trabajo hasta las doce —dijo—. ¿Almorzamos juntos a la una, en el mismo café?
—Sí —contestó Lucas—. Pero esta vez, sin maletas.








