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Don Raúl va al médico
Don Raúl tenía setenta y cuatro años y no le gustaban los médicos. “Yo estoy bien”, decía siempre. Pero desde hacía una semana le dolía mucho la rodilla. No podía subir las escaleras y caminaba muy despacio.
Un lunes lo llamó su nieta Paula.
—Abuelo, te pedí una cita con el médico. Es mañana a las diez. Yo te llevo.
—No necesito médico —dijo él.
—Abuelo, por favor.
Al final, don Raúl dijo que sí.
El martes, Paula y su abuelo llegaron al centro de salud. Esperaron media hora en una sala con mucha gente. Don Raúl estaba de mal humor. “Mucha gente y pocos médicos”, repetía.
Por fin, una enfermera dijo su nombre. El médico era un hombre joven, alto y con lentes.
—Buenos días, señor Gómez. ¿Qué le pasa?
—Me duele la rodilla. Pero no es nada.
El médico le miró la rodilla y le hizo unas preguntas. Después lo miró a la cara con mucha atención.
—Perdón, ¿usted es Raúl Gómez, el profesor de matemáticas de la Escuela Las Palmas?
—Sí… ¿Por qué?
—¡Usted fue mi profesor! Soy Tomás Rivas. Me sentaba al final de la clase y nunca hacía la tarea.
Don Raúl se rio por primera vez en una semana.
—¡Tomás! ¡El chico que hacía dibujos en el cuaderno!
El médico le explicó que no era nada grave. Necesitaba descansar, tomar unas pastillas y hacer ejercicios suaves todos los días. También le dio un papel con los ejercicios.
—Y esta vez —dijo don Raúl—, yo sí voy a hacer la tarea.
Al salir, Paula le preguntó:
—¿Ves, abuelo? Los médicos no son tan malos.
—Este no —respondió él—. Este fue mi alumno.








