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El cliente de los martes
Andrea Villalba tenía una librería de viejo en una calle tranquila, con estantes hasta el techo y un orden que solo ella entendía. Por eso tardó tan poco en darse cuenta de que alguien se lo estaba alterando. Un miércoles por la mañana, al abrir, encontró en la mesa de recomendaciones, justo en el centro, un libro que ella no había puesto ahí: El faro de los sordos, de un tal G. Arismendi, una novelita delgada con una portada espantosa que llevaba años juntando polvo en el último estante.
Lo devolvió a su sitio, pero a la semana siguiente el libro volvió a aparecer en la mesa, y a la otra también. A la cuarta, Andrea ya no tenía dudas: el culpable era el cliente de los martes, un tipo alto, de gabardina, que entraba a las cinco, curioseaba veinte minutos, no compraba nada y se iba con cara de no haber roto nunca un plato.
El martes siguiente lo esperó escondida detrás del mostrador. A las cinco y diez lo vio sacar el libro del último estante, mirar a ambos lados y colocarlo, con un cuidado casi amoroso, en el centro de la mesa. —¡Oye! ¿Se puede saber qué estás haciendo? El tipo pegó un brinco y se puso rojo como un tomate. —Nada. O sea… acomodaba. —¿Acomodabas? ¡Si esta es mi librería! A ver, ¿qué tiene de especial ese librito? —Es buenísimo. —¿Ah, sí? ¿Y tú cómo sabes? ¿Lo leíste? Él bajó la vista. —Más o menos. Lo escribí yo.
Se llamaba Gonzalo Arismendi y era bibliotecario en una secundaria. Seis años atrás, una editorial pequeñita le había publicado la novela: imprimió quinientos ejemplares y quebró a los tres meses. Desde entonces, Gonzalo recorría las librerías de viejo de la ciudad rescatando su libro del último estante. —Con las librerías grandes ya me di por vencido —confesó—. Ahora voy por las chiquitas. —O sea que vienes a mi librería a hacerte publicidad gratis. —Bueno, dicho así suena horrible. —¿Y cómo quieres que suene?
Andrea le propuso un trato: esa noche leería la novela. Si era mala, él no volvía a tocar sus estantes en la vida. Si era buena… ya verían.
La leyó de una sentada, en el sillón de la trastienda, con el gato encima. Era una historia sobre un farero que se enamoraba de una mujer que le escribía mensajes con luces desde un barco, y era, para su fastidio, preciosa. Graciosa, rara, imposible de soltar. A las dos de la mañana todavía estaba despierta, pensando en el final.
El martes siguiente, Gonzalo encontró su libro en la vitrina, con un cartelito escrito a mano: «Recomendación de la casa». Y junto al mostrador había una silla que antes no estaba. —¿Y esto? —preguntó, señalándola. —Bueno, ya que vas a venir igual todos los martes —dijo Andrea sin levantar la vista—, por lo menos siéntate. Y no me toques nada.








